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Un cofre abierto con el corazón de agua, una torre en reflejos. Piano, voz, cuarteto...

Piano y voz han sido, mayormente, los protagonistas musicales de este espacio emblemático de la Alhambra. Ya en 1953 el Festival propició que el público escuchara a un gran pianista en semejante escenario. Aquel primer recital «tuvo un sello intimista, de vuelo breve, que en el silencio sonoro siempre de pájaros y agua del Patio de los Arrayanes, impresionó a todos. Momento hubo en que la música parecía ella misma suspiro, fuente o ave», según el testimonio del gran crítico que fue Enrique Franco. Similares sensaciones e impresiones se han repetido en el público hasta el día de hoy.

Nos sentimos privilegiados al asistir a un concierto en este patio, donde uno se codea con los arrayanes o mirtos que flanquean la magnífica alberca rectangular en la que todo lo circundante se abisma y refleja, donde al sentarnos alzamos la mirada a la portentosa Torre de Comares, mientras desde la incipiente noche algún que otro vencejo planea sobre el agua de la alberca y finalmente dibuja sobre la superficie con su pico círculos concéntricos, ondas que desdibujan la filigrana que es el Patio de los Arrayanes y a sus ocupantes circunstanciales: nosotros mismos.

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