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DEL AMOR HUMANO AL AMOR DIVINO

Olivier Messiaen (1908-1992) pertenece a esa estirpe de compositores capaces de llenar por sí solos toda una época de la Historia de la música. Heredero espiritual de Debussy, tras la Segunda Guerra Mundial Messiaen se cruzó en el camino de la más intrépida vanguardia, para poner en marcha e impulsar el desarrollo del serialismo y seguir luego su personalísimo camino artístico como si nada hubiera pasado. El maestro francés dejó obras maestras en todos los géneros, por lo que el año del centenario de su nacimiento el programa sinfónico del Festival no podía obviar algunas de sus principales contribuciones a la orquesta. De hecho, su nombre es, junto al de Anton Bruckner (1824-1896), el más repetido en los programas orquestales de este año.

Messiaen compartió con Bruckner una fervorosa religiosidad, que es fácil detectar, explícita o translúcida, en el conjunto de la obra de ambos músicos y que puede conectarse con la actividad como organistas que los dos desempeñaron, Bruckner primero en el monasterio de San Florián y luego en la Catedral de Linz, Messiaen durante más de sesenta años en la iglesia parisina de la Trinidad. Esta circunstancia determina que el ciclo sinfónico del Festival esté impregnado de un misticismo que, aunque de raíz católica (credo que ambos compositores profesaban con sincera devoción), se ensancha en Messiaen hacia una espiritualidad auténticamente universal.

Pero antes de sumergirnos en el oleaje infinito del amor divino, convendría atender a las pasiones humanas, que la ópera representa como posiblemente ningún otro género. Así que empecemos por el principio. Al principio era Rameau. Esta sentencia podría haberla pronunciado perfectamente Messiaen, pues conocida es la adoración que los compositores franceses del siglo XX sintieron, a partir de Ravel y Debussy, por su compatriota del XVIII. Jean-Philippe Rameau (1683-1764) no escribió de forma independiente para la orquesta, pero sus tragedias líricas y sus óperas-ballet están llenas de páginas orquestales. Casi un lustro lleva ya uno de sus grandes intérpretes de nuestros días, Marc Minkowski, ofreciendo por medio mundo, al frente de Les Musiciens du Louvre, un programa con fragmentos de música teatral de Rameau organizados en forma de sinfonía. Una sinfonía imaginaria, como tituló el disco que grabó con este repertorio, de imponente fuerza sugestiva.

Un conjunto de la calidad del francés no podía acercarse a Granada por primera vez para un solo programa, así que en su segunda actuación (que cronológicamente será la primera) ofrece lo más parecido a una ópera que George Frideric Handel (1685-1759) pudo escribir durante su estancia en Roma en 1707, esto es, un oratorio, Il trionfo del tempo e del disinganno, obra con argumento moralizante (el libreto lo escribió el cardenal Pamphili, uno de los principales mecenas del músico durante su juvenil y exitoso viaje por Italia) pero cuya sustancia musical es plenamente operística. Solistas de primer nivel en el canto barroco garantizan la relevancia de la propuesta.

Mas si buscamos auténticos amores de ópera, la cita ineludible nos lleva hasta George Gershwin (1898-1937) y su conmovedor drama sureño Porgy and Bess, estrenado en 1935 y que en Granada, donde nunca se había hecho completa, servirán intérpretes estadounidenses, la New World Symphony, institución que, con residencia en Miami, ejerce de gran Academia orquestal americana, y el Coro de Ópera de Atlanta, en el centro mismo del sur, todos comandados por la conocedora batuta de Wayne Marshall. Más ópera encontrará el buen aficionado en el primero de los dos encuentros previstos con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam, sin duda una de las mejores del mundo, que no comparecía en el Festival desde 1984. Lo hará de la mano de su titular, el letón Mariss Jansons, que es el sexto director que ocupa este puesto desde la creación del conjunto en 1888, muestra de una forma de hacer menos habitual de lo deseable. Su primer concierto se abre en efecto con la Obertura de la segunda ópera escrita por Carl Maria von Weber (1786-1826), Euryanthe, mágica historia de hadas y elfos en ambiente orientalista, que se estrenó en 1823. El programa de esa noche se completa con otras dos obras del más conocido repertorio, que cumplen bien como representantes de las pasiones más hedonísticas y mundanas del hombre: la Sinfonía núm. 1 escrita en 1841 por Robert Schumann (1810-1856), expresión de la época más feliz de la vida del compositor, recién casado con Clara Wieck, a quien en prueba de amor ofrece la obra, conocida como Primavera por un verso de Adolph Böttinger que encabeza la partitura («En el valle florece la primavera»); y los Cuadros de una exposición que Modest Mussorgski (1839-1881) escribió para piano en 1874 como homenaje a su amigo, el arquitecto y dibujante Viktor Hartmann, fallecido el año anterior, obra popularizada en la exuberante y fantasiosa orquestación que Maurice Ravel (1875-1937) hiciera de ella en 1922.

El segundo concierto de la orquesta holandesa sirve de perfecto nexo de unión entre el amor humano y el divino, pues se centra en la más difundida y conocida obra orquestal de Messiaen, la Sinfonía Turangalîla, que, escrita para piano, ondas Martenot y gran orquesta, mantuvo ocupado al compositor entre 1946 y 1948. Obra fascinante y única dentro del repertorio orquestal, que jamás había sonado en el Festival y cuyo sentido más profundo Messiaen desvelaba aludiendo al significado de Turangalîla, palabra extraída del sánscrito que quiere decir a la vez «canto de amor, himno a la alegría, tiempo, movimiento, ritmo, vida y muerte». Pero es el amor y la alegría los que dominan en esta obra de Messiaen y casi podría afirmarse que en todas sus piezas sinfónicas, al menos desde La Ascensión, la más importante de sus partituras orquestales juveniles. Estrenada en 1934, la obra, subtitulada Cuatro meditaciones sinfónicas, es una sinfonía en toda regla. Con ella, la Orquesta Nacional de España dirigida por Josep Pons se encargará de abrir el Festival, en un programa que se completa con la espiritualidad de dos de los momentos más significados del Ocaso de los dioses («Marcha fúnebre de Siegfried» e «Inmolación de Brünnhilde»), la ópera que escrita en 1874 completaba la Tetralogía de Richard Wagner (1813-1883); y el vitalismo filosófico de Nietzsche, a través de otro personaje del mundo oriental tal y como lo vio Richard Strauss (1864-1949) en uno de sus más célebres y prodigiosos poemas sinfónicos, Así habló Zarathustra, de 1896.

La presencia de Messiaen en el Festival se completa con las Trois petites liturgies de la présence divine, obra escrita entre 1943 y 1944, en plena guerra, para coro de mujeres, piano, ondas Martenot, vibráfono, celesta, percusión y cuerdas, y que presentarán la Orquesta Ciudad de Granada y el Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana, en un programa que se completa con la Misa en Mi menor de Bruckner, escrita en 1866 y revisada en 1882 y que dirigirá uno de los jóvenes directores españoles con mayor proyección internacional, el granadino Pablo Heras-Casado. Para cerrar estos encuentros singulares, el espléndido programa Re-Visiones, donde se plantea una nueva manera de escuchar las obras corales que lo integran. Para clausurar la edición, e inmersos en la mística bruckneriana, llegan un año más Daniel Barenboim y su Staatskapelle de Berlín con la demoledora trilogía final del compositor austriaco en tres días consecutivos: Sinfonías (1883), (1887, 1890) y (1896), que el músico dejó inacabada. Un testamento artístico donde se unen pasión humana y místico anhelo de trascendencia.

Pablo J. Vayón

 

 

 

 


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