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Recuerdos del Festival de Granada | 65 aniversario | José Antonio Lacárcel

El gran Nureyev en el Teatro del Generalife, 1968

Una Giselle en el Generalife, José Antonio Lacárcel

El año 1968 fue un año decisivo en la historia del Festival granadino. Para mí es una fecha que está cargada de nostalgia, una fecha que queda grabada con letras de oro en la historia de nuestro Festival. Aquel año de gracia vinieron a Granada, a su Festival, Arturo Rubinstein, Zubin Mehta, Antal Dorati, Christian Ferras, Margot Fonteyn, Rudolf Nureyev, Joaquín Achúcarro, Alfred Brendel… ¿Hay quien dé más?

Para mí, personalmente, tuvo unas connotaciones especiales. Terminaba mi primer curso como estudiante de Derecho en la Universidad granadina y debutaba como comentarista musical del Festival en la emisora Radio Popular de Granada que entonces dirigía el ilustre sacerdote, intelectual jesuita y gran persona que fue el P. D. Manuel Linares.

Los recuerdos se amontonan y me producen una fuerte emoción. Y es que nos adentramos en el terreno de la nostalgia. Aquella mágica noche del mes de junio, los jardines del Generalife se disponían a ser escenario de uno de los mayores acontecimientos artísticos de la historia de nuestro Festival. Hacía un calor bastante serio. Pero entonces era preceptivo llevar chaqueta y corbata. Eran las normas no escritas de la educación y del buen gusto. Entramos en el teatro del Generalife. En el foso la orquesta, y sobre el escenario estaban previstas las artísticas evoluciones del Royal Ballet de Londres. Estaba anunciada Giselle, la romántica historia que se le ocurriera a Heine y que plasmó musicalmente Adam. Mucho público sin llegar al lleno. Expectación y… comenzó el espectáculo. Y se produjo el milagro. Con un telón de fondo de cipreses auténticos, en un bosque que esta vez era de verdad, apareció el milagro de un bailarín excepcional, como no he podido volver a ver otro igual: Rudolf Nureyev, genial, inmenso, dando vida de una forma increíble al personaje de Albert. Y sobre el mismo escenario otra vez el milagro, en la vaporosa y encantadora Margot Fonteyn. ¿Qué más se puede decir?

Hasta hoy nada ni nadie ha podido repetir el milagro. Dichoso y bendito debut de un pobre cronista que esa noche pensó que el cielo también puede estar en la tierra, en los Jardines del Generalife, por ejemplo.

 

Enviado por Prensa el 1 de Marzo de 2016 a las 9:57 am