Novedades en el Ambigú

Novedades en el Ambigú

Notas sueltas

José Luis Kastiyo

Si el contenido del programa artístico de cada año es el aliciente fundamental de la cita, el ambigú del Festival (en realidad lo contrata el Patronato de la Alhambra), ha sido para muchos asiduos el momento para el encuentro previo con amigos, clientes o conocidos. Era el primer saludo ante un vaso de limonada con yerbabuena o unas medias noches para resolver la merienda-cena de esos días. Pero hay una cosa que salta a la vista del respetable desde la noche inaugural en el Palacio de Carlos V: el nuevo ambigú.

Bien es cierto que su instalación ha vuelto donde solía: ante los vetustos cañones que defienden desde arriba la integridad de la Puerta de la Justicia, después de un breve asentamiento en la Plaza de los Algibes. La empresa concesionaria -que no el Patronato de la Alhambra- ha querido darle un toque de originalidad a la tradicional barra y ha dispuesto los mostradores al modo y manera de las áreas de servicios de nuestras autovías, aunque sin gasolinera. Hay marcado un pasillo que obliga a una elemental disciplina de alineación. Nada más decidir el ingreso, el cliente toma su bandeja dorada de cartón desechable los primeros días, de plástico rígido después, y encarrilado en fila india ha de pasar ante la oferta gastronómica que se le presenta, con escasa posibilidad de dar marcha atrás: vistas las pulguitas y las bandejas de jamón con botella de vino adherida no es fácil retroceder por la fila hasta donde moran los emparedados, que es lo que finalmente uno ha decidido tomar, porque, mire usted por dónde, estaban al principio del breve peregrinaje. Cuando quieres volver, los que te siguen, empujan; es ley de vida. La inexorable fila, necesariamente lenta, desemboca en las cajas donde se atiende el importe de la inminente consumición. Todo ello al más puro estilo del ya clásico autoservicio de carretera.

Este bloguero tiene la impresión de que el éxito del experimento es perfectamente descriptible. Más de uno ha dado esquinazo al nuevo sistema, lo que también puede endosarse a la dichosa crisis de las narices, que lo aguanta todo. Desde luego, lo que sí está claro es que las aglomeraciones ante la barra de años anteriores han desaparecido. Pero no es cosa mía dilucidar acerca de los rendimientos, satisfactorios o todo lo contrario, que para la empresa de catering y los clientes represente mantener el procedimiento de ahora en adelante. Sin embargo, uno quiere opinar que no es la misma “vidilla” la que tiene ahora el ambigú en el que, antes y ahora, servidor paga siempre sus consumiciones. Lo que de verdad interesa a uno es que todas las noches las músicas y las danzas ofrezcan un saldo favorable en aplausos y parabienes. Y por eso apuesto, por supuesto.

Enviado por José Luís Kastiyo el 3 de Julio de 2013 a las 1:11 pm 

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