El calorín

El calorín

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José Luis Kastiyo

A la vuelta de unos pocos días, mismamente los que median entre hoy y el viernes próximo, el 66 Festival Internacional de Música y Danza inaugurará sus funciones, esperadas este año “como agua de mayo”. Valga la expresión en un doble sentido: que el programa ofrece sugerencias atractivas que todos esperan disfrutar y que la lluvia, que en mayo es vida para las cosechas, sin estar presente estos días anuncia una deseada bajada de temperaturas, que va a refrescar el ambiente. O sea, que ya el viernes podremos disfrutar del Palacio de Carlos V sin agobiarnos de calor. El final de la Novena beethoveniana será un himno de la alegría por la retirada –eso dicen- de la calor desesperante de las últimas semanas.

No olvidemos que el calor tórrido se adueñó de algunas noches de Festival a lo largo de su historia. Unas veces era el resultado de una sequía mantenida que justificó, el 25 de junio de 1991, hace justo 26 años, una experiencia insólita: Los músicos de Han de Changan (China) invocaron la lluvia en el Generalife en su actuación de aquella noche. En su procesión, elevaron sus oraciones mediante cantos y bailes del río Amarillo. No llegó a llover pero, igual que ahora, vino muy bien un refrescón de la temperatura.

Lo que algunos asiduos temían, de seguir el sofoco que no cesa, es que cuando la noble piedra del Palacio de Carlos V incorpora el ardor acumulado del día al denso ambiente de una noche de calorín, el bochorno se hace sólido para artistas y espectadores. Los responsables del Festival han aceptado en ocasiones que los músicos se desprendan de la chaqueta del frac para actuar en el escenario. Con la Orquesta Filarmónica della Scala de Milán en el Palacio de Carlos V (en la noche del 2 de julio de 1994) el director Wolfgang Sawallisch, solicitó si los músicos podían aliviarse de la prenda superior del terno, cosa que hicieron (salvo el solista, Ángel Jesús García, y el propio director, quienes permanecieron íntegramente vestidos). Al día siguiente, en la noche de la clausura, el barítono Ruggero Raimondi no quiso dejar su americana en el camerino pero entre canción y canción bajaba del escenario; un ayudante le esperaba con un cubo de agua; el cantante se refrescaba la cara y la cabeza, se echaba el pelo hacia atrás, se peinaba y volvía a salir, según recordaba el crítico José Luis Pérez de Arteaga, inolvidable testigo de excepción de los aconteceres del Festival. Todos confiamos en que el alivio anunciado se haga efectivo de manera aceptable.

Un ruego al final. Sería estupendo y novedoso -si no es mucho pedir- que el agua que se  adquiere en los alrededores del Palacio de Carlos V esté fresca.

 

Enviado por José Luís Kastiyo el 19 de Junio de 2017 a las 8:35 pm 

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