Aplausos a destiempo

Aplausos a destiempo


Notas sueltas

José Luis Kastiyo

Hacía tiempo, años, diría yo, que el público no aplaudía al término de los diversos movimientos intermedios, un poner, de una sinfonía. Al concluir el último movimiento es natural que se aplauda. Obligado si, como es habitual, todo ha ido de perlas. Hasta hace poco, no importaba que la conclusión de ese movimiento se manifestase con la orquesta empleada a fondo en todas sus secciones, incluida la percusión, que es la que más anima a romper en aplausos. Pero este año son demasiadas las noches en las que parte del público se arranca con entusiasmo mientras la mayoría del respetable se esfuerza en pedir silencio, diciendo “shissss”, porque a lo mejor quedan dos o tres partes antes de que concluya la obra, que entonces es cuando hay que atizarle a la ovación sin el menor comedimiento.

La cosa tiene dos lecturas. Si no se interrumpe con aplausos a destiempo hay que suponer que el personal sabe de qué va la obra y respeta (de ahí lo de respetable público) en su justa medida al acontecer de la función. Hay veces que algún espectador se sabe tan perfectamente la partitura que la dirige con gestos de la cabeza y de las manos, casi al mismo nivel que lo hace el director que está en el escenario. Eso hacía la otra noche una señora que tenía cerca y la verdad es que uno se podía ahorrar el contemplar la gestualidad del conductor de la obra. La otra lectura, lejos de estos casos poco frecuentes de tanto conocimiento, es que se trata de espectadores de buena voluntad, llevados al Palacio de Carlos V con la animosa ilusión de participar “en los festivales”. Y que aprenden pronto, pues la otra noche, después de una primera parte interrupta, se guardó el más admirable de los silencios en la segunda parte del concierto. Como tiene que ser, que para eso en los programas de mano el Festival informa de la duración de cada obra. Es cuestión de un poco de picardía: si dice que 42 minutos, pues resistir ese tiempo con las manos quietas.

Pero esto, que anotamos en vivo en el recinto de Pedro Machuca, pasa en otros lugares. Mientras el taxista que nos bajaba la otra noche nos confesaba que su niño de nueve meses ya va a clases de música en el Centro de Iniciativas Musicales, otro compañero suyo nos relataba el comentario de una familia que acababa de asistir a una función de ballet en el Generalife: “Qué cosa más aburrida, –decían- los bailarines se pasan todo el rato dando vueltas, sin hacer nada más”.

O sea.

Enviado por José Luís Kastiyo el 29 de Junio de 2016 a las 4:54 pm 

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